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El derecho de autor comprende a los derechos morales que ampara la paternidad e integridad de la obra y los derechos patrimoniales que protegen el aprobechamiento económico de la misma. Además salvaguarda el acervo cultural de la nación.
ART. 2.- El derecho de autor nace con la creación de la obra sin que sea necesario registro, depósito, ni ninguna otra formalidad para establecer la protección reconocida por la presente Ley.
Las formalidades que en ella se establecen son para mayor seguridad jurídica de los titulares de los derechos que se protegen.
ART. 3.- La presente Ley ampara los derechos de todos los autores bolivianos, de los extranjeros domiciliados en el pais y las obras de extranjeros publicadas por primera vez en el país. ..."

viernes, 25 de septiembre de 2015

EL DIA QUE VÍ A JESÚS



                                                            Claudia Leslie Aguilar Rojas


(Un cuento solo para niños grandes)


23 de Enero de 2000. 17:30 P.M.


Uno de esos días soleados y hermosos, de aquellos que dejas pasar sin percibir, al salir de casa, sin revivir la tibieza del sol en mi piel, preocupada por los conflictos de la vida, del trabajo, como siempre, preguntándome en silencio una y mil veces el porqué de todo y el porqué de la nada, rápidamente, casi sin mirar rostros, sin percibir miradas, observe fugazmente los males de los otros. Salude a quienes conocía, pues solo conocía sus rostros y aunque percibía sus males, recordé que siempre había pasado de largo. Y me di cuenta que todos sufrían sus llamados males y desgracias y aunque sus labios callaban, el brillo de sus ojos se apagaba, gritando piedad a Dios y sus inmóviles labios susurraban un auxilio silencioso, que no se escuchaba. Y sentí pena por mí, por haber pasado años y años, sin detenerme en aquellos que como yo, sumergidos en la vida, también sufrían y sus dolores no se veían.

Sentí pena por mí. Sentí un dejo amargo de resignación en los labios, comprendí que la vida era una lección eterna de éxitos y fracasos, de sueños, de luchas e imperfecciones, de vidas y más vidas. Tropezando en la nada, cayeron mis papeles del portafolio, mecánicamente y sin pensar en ello, los recogí rápidamente, mecánicamente y levantando el rostro quedé estupefacta...al cruzar mi puerta, en ese simple gesto, lo vi, estaba ahí, sentado frente a mí, subido en mi árbol, sentado en una gran rama, sobre “mi acera”, sonriéndome. Sus ojos claros, transparentes, eran luminosos y centelleaban, con una hermosura inimaginable. Su rostro perfecto, sus vestiduras blancas como la leche pura, como la nieve espesa. Mi cuerpo se paralizó, mis labios no podían pronunciar palabra alguna, parecía una visión más; pero era real, mi alma se paralizó...me miró con la más infinita ternura, sonrió y me dijo: ¿Por qué me buscas? He escuchado todos tus ruegos, en el silencio y la lejanía de la eternidad podía escucharte, y estuve aquí desde hace mucho tiempo, pero no pudiste verme, entonces ¿Por qué me buscas? Responde ahora, si siempre he estado aquí, siempre estuve aquí para ti, contemple años y años humanos, tu casa, tu vida, siempre salías perdida en la vida, sumergida en tu trabajo, pensando solo en tus propios males. La vida física te asombra y te confunde, la vida es simple por eso es hermosa. ¿Por qué me buscas? si no puedes detenerte para verme. 

Quedé sin habla, mi garganta no balbuceaba palabra alguna, un calor extraño recorría mi cuerpo mortal, no podía hablar; pero debía hacerlo. Sentí vergüenza. Sentí una íntima e infinita paz. Había cruzado todos los días esa vereda, “mi vereda”, abierto esa puerta todos los días y jamás lo había percibido, menos subido en mi árbol. 

- Perdóname -le dije-, es que no te había visto, y tampoco sabía que siempre estuviste allí, te busque, es cierto, mil y mil veces, te busqué en todos los lugares, en todos los seres que dijiste, te busqué en los niños, en los pobres, te busqué en los enfermos y aunque percibía en ellos, tu amor y tu paz, no te encontraba, porque cuando padecí dolores morales intensos, fiebres espirituales y crucé esta puerta, buscándote, intentando esclarecer mis dudas sobre tus designios, cuestionándome tu olvido, tu falta de tiempo, no encontraba tu amor y tu paz. Y me pregunté dónde estabas, cuando murió el ser que más amaba, cuando perdí aquello que más quería, te busqué cuando el dolor taladraba mi alma y mi ser y mis venas dolían por el inevitable recorrido de mi sangre. El sol lastimaba, la vida dolía, fui amiga de la muerte y tú no estabas. ¿Dónde estabas? Cuando vi odios intensos a mí alrededor, envidias humanas, cuando la furia y la ira me invadieron y no luchaba contra ella, cuando una enfermedad mortal o incurable aquejaba a quién amaba. Cuando mi familia como un árbol seco, por las incomprensiones, se caía, me pregunté una y mil veces por ti, perdóname... ahora estoy sorprendida, no esperaba verte. 

- No me reproches nada -me dijo dejando de sonreír-, siempre estuve aquí, mi Padre escribió tu nombre en mi lista. Cuando recibiste los dolores más intensos, cuando tu alma convulsionaba de desaliento, desde aquí, te contemplaba, y no entendiste nada. Yo te mande esos dolores para que sientas la vida, te mandé pesares para que conozcas la palabra fortaleza y si tus ojos no me vieron antes, fue por que no pudiste entender nada, eras fruta muy joven... sin madurar. 

Endulzando su voz continuó: 

- Lo que dices es cierto estoy en los enfermos, en los más necesitados, en los pobres, en los niños, encontraste paz en ellos, les diste paz; pero no la encontraste en ti, cuando más me necesitaste, por que habías olvidado el sentido de la vida, el sentido del AMOR. El amor no existe solo para nuestros semejantes; o solo para el Padre, porque tú eres el Padre, porque provienes de Él, eres su mejor creación... y lo olvidaste. Te olvidaste de ti, el torbellino de la vida, por la felicidad que te brindaba hizo que nunca pensarás en ti. Reviviste tu cuerpo y olvidaste tu alma. Incluso me olvidaste muchos años, dejaste de existir de tanta despreocupación. Y tuve que recordarte que estabas viva. Que tu sangre tibia bulle enérgicamente dentro de tu ser, que tus latidos cardiacos, no son solo términos científicos, si no que representan la vida, otorgada por el Padre. Debes aprender que incluso los males son también designios divinos y hoy, por un motivo especial aprendiste la lección, tu proceso de maduración ha iniciado. Tus ojos secos de lágrimas y dolor al fin, pudieron verme. Llevo mucho tiempo aquí sentado en esta rama, esperando que puedas verme, si cuestionaste donde estaba yo, cuando murió quién amabas, cuando el dolor taladraba tu ser y eras amiga de la muerte, cuestiona donde estoy “hoy”, por ti, esperando que “solo puedas verme”. ¿Crees que podré olvidar a quién no observo? ¿Crees que mi padre podrá olvidar un hijo suyo? Las leyes de la naturaleza son perfectas, nadie está olvidado en el infinito mundo del amor. El verdadero amor no muere aunque los que seres que se amen no permanezcan juntos. Porqué el amor vence el tiempo y el espacio. Vive la vida, deja de buscarme, y de cuestionarte, yo estoy contigo, todos los días de tu vida. Y otros más allá, también esperan poder verme... hay otras ramas y otros árboles. Otras verjas, otros ricos y otros pobres. Podrás verme y sentirme en el tibio aliento del aire, y no necesitarás mirar este árbol para recordarme... estaré contigo siempre, toda la eternidad, cuando tu nombre ya no sea tu nombre. Y alguna vez cuando descanse de estar sentado en otro árbol, esperando que otro que se cuestiona pueda verme, cuando descanse de ocupar una piedra o un simple cartón en una calle oscura y desierta y cuando otra vez, la vida te colme de bendiciones, “tal vez” te espere de nuevo y puedas verme. O tal vez camines apresurada y yo este a tu lado, y no  puedas verme. 

Así me dijo el hijo del hombre un hermoso día soleado y asintiendo la cabeza, se bajó de mi árbol. Desde aquel día... ya no corto los árboles y cuando camino presurosa en el río de la vida, en alguna acera, en una calle desierta, me detengo y buscó un hermoso pie con sandalia café, subido en un árbol, de algún vecino, de algún amigo, de algún extraño, que habiendo olvidado su alma, cree no ver a Dios en su casa.


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