Claudia
Leslie Aguilar Rojas
(Un cuento solo para niños grandes)
23 de Enero de 2000. 17:30 P.M.
Uno de esos días soleados y hermosos, de aquellos que dejas
pasar sin percibir, al salir de casa, sin revivir la tibieza del sol en mi
piel, preocupada por los conflictos de la vida, del trabajo, como siempre,
preguntándome en silencio una y mil veces el porqué de todo y el porqué de la
nada, rápidamente, casi sin mirar rostros, sin percibir miradas, observe
fugazmente los males de los otros. Salude a quienes conocía, pues solo conocía
sus rostros y aunque percibía sus males, recordé que siempre había pasado de
largo. Y me di cuenta que todos sufrían sus llamados males y desgracias y
aunque sus labios callaban, el brillo de sus ojos se apagaba, gritando piedad a
Dios y sus inmóviles labios susurraban un auxilio silencioso, que no se
escuchaba. Y sentí pena por mí, por haber pasado años y años, sin detenerme en
aquellos que como yo, sumergidos en la vida, también sufrían y sus dolores no
se veían.
Sentí pena por mí. Sentí un dejo amargo de resignación en los labios,
comprendí que la vida era una lección eterna de éxitos y fracasos, de sueños,
de luchas e imperfecciones, de vidas y más vidas. Tropezando en la nada, cayeron
mis papeles del portafolio, mecánicamente y sin pensar en ello, los recogí
rápidamente, mecánicamente y levantando el rostro quedé estupefacta...al cruzar
mi puerta, en ese simple gesto, lo vi, estaba ahí, sentado frente a mí, subido
en mi árbol, sentado en una gran rama, sobre “mi acera”, sonriéndome. Sus ojos
claros, transparentes, eran luminosos y centelleaban, con una hermosura
inimaginable. Su rostro perfecto, sus vestiduras blancas como la leche pura,
como la nieve espesa. Mi cuerpo se paralizó, mis labios no podían pronunciar
palabra alguna, parecía una visión más; pero era real, mi alma se paralizó...me
miró con la más infinita ternura, sonrió y me dijo: ¿Por qué me buscas? He
escuchado todos tus ruegos, en el silencio y la lejanía de la eternidad podía
escucharte, y estuve aquí desde hace mucho tiempo, pero no pudiste verme,
entonces ¿Por qué me buscas? Responde ahora, si siempre he estado aquí, siempre
estuve aquí para ti, contemple años y años humanos, tu casa, tu vida, siempre
salías perdida en la vida, sumergida en tu trabajo, pensando solo en tus
propios males. La vida física te asombra y te confunde, la vida es simple por eso
es hermosa. ¿Por qué me buscas? si no puedes detenerte para verme.
Quedé sin
habla, mi garganta no balbuceaba palabra alguna, un calor extraño recorría mi
cuerpo mortal, no podía hablar; pero debía hacerlo. Sentí vergüenza. Sentí una íntima
e infinita paz. Había cruzado todos los días esa vereda, “mi vereda”, abierto
esa puerta todos los días y jamás lo había percibido, menos subido en mi árbol.
- Perdóname -le dije-, es que no te había visto, y tampoco sabía que siempre
estuviste allí, te busque, es cierto, mil y mil veces, te busqué en todos los
lugares, en todos los seres que dijiste, te busqué en los niños, en los pobres,
te busqué en los enfermos y aunque percibía en ellos, tu amor y tu paz, no te
encontraba, porque cuando padecí dolores morales intensos, fiebres espirituales
y crucé esta puerta, buscándote, intentando esclarecer mis dudas sobre tus
designios, cuestionándome tu olvido, tu falta de tiempo, no encontraba tu amor
y tu paz. Y me pregunté dónde estabas, cuando murió el ser que más amaba,
cuando perdí aquello que más quería, te busqué cuando el dolor taladraba mi
alma y mi ser y mis venas dolían por el inevitable recorrido de mi sangre. El
sol lastimaba, la vida dolía, fui amiga de la muerte y tú no estabas. ¿Dónde estabas?
Cuando vi odios intensos a mí alrededor, envidias humanas, cuando la furia y la
ira me invadieron y no luchaba contra ella, cuando una enfermedad mortal o
incurable aquejaba a quién amaba. Cuando mi familia como un árbol seco, por las
incomprensiones, se caía, me pregunté una y mil veces por ti, perdóname... ahora
estoy sorprendida, no esperaba verte.
- No me reproches nada -me dijo dejando de sonreír-, siempre
estuve aquí, mi Padre escribió tu nombre en mi lista. Cuando recibiste los
dolores más intensos, cuando tu alma convulsionaba de desaliento, desde aquí,
te contemplaba, y no entendiste nada. Yo te mande esos dolores para que sientas
la vida, te mandé pesares para que conozcas la palabra fortaleza y si tus ojos
no me vieron antes, fue por que no pudiste entender nada, eras fruta muy joven...
sin madurar.
Endulzando su voz continuó:
- Lo que dices es cierto estoy en los enfermos, en los más
necesitados, en los pobres, en los niños, encontraste paz en ellos, les diste
paz; pero no la encontraste en ti, cuando más me necesitaste, por que habías
olvidado el sentido de la vida, el sentido del AMOR. El amor no existe solo para nuestros semejantes; o solo para
el Padre, porque tú eres el Padre, porque provienes de Él, eres su mejor creación...
y lo olvidaste. Te olvidaste de ti, el torbellino de la vida, por la felicidad
que te brindaba hizo que nunca pensarás en ti. Reviviste tu cuerpo y olvidaste
tu alma. Incluso me olvidaste muchos años, dejaste de existir de tanta
despreocupación. Y tuve que recordarte que estabas viva. Que tu sangre tibia
bulle enérgicamente dentro de tu ser, que tus latidos cardiacos, no son solo
términos científicos, si no que representan la vida, otorgada por el Padre. Debes aprender que incluso los males son también designios divinos y hoy, por
un motivo especial aprendiste la lección, tu proceso de maduración ha iniciado.
Tus ojos secos de lágrimas y dolor al fin, pudieron verme. Llevo mucho tiempo
aquí sentado en esta rama, esperando que puedas verme, si cuestionaste donde
estaba yo, cuando murió quién amabas, cuando el dolor taladraba tu ser y eras
amiga de la muerte, cuestiona donde estoy “hoy”, por ti, esperando que “solo
puedas verme”. ¿Crees que podré olvidar a quién no observo? ¿Crees que mi padre
podrá olvidar un hijo suyo? Las leyes de la naturaleza son perfectas, nadie
está olvidado en el infinito mundo del amor. El verdadero amor no muere aunque
los que seres que se amen no permanezcan juntos. Porqué el amor vence el tiempo
y el espacio. Vive la vida, deja de buscarme, y de cuestionarte, yo estoy
contigo, todos los días de tu vida. Y otros más allá, también esperan poder
verme... hay otras ramas y otros árboles. Otras verjas, otros ricos y otros
pobres. Podrás verme y sentirme en el tibio aliento del aire, y no necesitarás
mirar este árbol para recordarme... estaré contigo siempre, toda la eternidad,
cuando tu nombre ya no sea tu nombre. Y alguna vez cuando descanse de estar
sentado en otro árbol, esperando que otro que se cuestiona pueda verme, cuando
descanse de ocupar una piedra o un simple cartón en una calle oscura y desierta
y cuando otra vez, la vida te colme de bendiciones, “tal vez” te espere de
nuevo y puedas verme. O tal vez camines apresurada y yo este a tu lado, y no puedas verme.

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